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Unos días en Mallorca

Me hacía mucha ilusión volver a la Isla, pero lo cierto es que por otra parte ésta sería la última escapada del verano. Las últimas vacaciones antes de volver a Madrid para trabajar, seguir comiendo y bebiendo y descubriendo sitios bonitos. Antes de contaros cuales fueron mis paradas y descubrimientos en Mallorca, aprovecho para contaros que de ahora en adelante el formato del blog será diferente (y reconozco que lleva un tiempo parado, sin mucho texto al que antes os tenía acostumbrados). Quiero que esto se convierta en un diario, en el cuaderno de viaje, un rincón en el que os cuente mis semanas, los lugares en los que desayuno y como, las direcciones que voy descubriendo e, incluso, los productos de moda y belleza de los que me encapricho al abrir una revista o entrar en una tienda. En definitiva, quiero que esta página se convierta en algo más personal.

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Las vistas desde la casa de mi amiga Leonor, Palma en vena

Y prosigo con mi escapada a Mallorca. La anfitriona que me esperaba en Palma ciudad es mi amiga Leonor. De apellido francés, morena, profundamente atractiva e interesante y con, seguro, una de las casas más bonitas y personales de la ciudad (al menos, para mí). Suelo de damero blanco y negro, libros (muchos libros), la mítica chaise longue Le Corbusier, las sillas Wassily de Marcel Breuer, y unas vistas de infarto (plagadas de esa piedra antigua que puebla el centro antiguo de Palma y buganvilla, mucha buganvilla). Lo cierto es que la casa, en pleno centro de la ciudad, me permitió moverme y descubrir mil sitios que tenía pendientes. También provocó alguna que otra sorpresa que no esperaba.

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El interior de la tienda de decoración Viveca Palma

Salí de casa y me encontré, a pocos pasos, uno de los callejones más bonitos e inspiradores que jamás haya visto. Me sonaba, me quité las gafas y pensé “esto ya lo he visto alguna vez”. Y claro, caminado me topé con Viveca Palma (San Felio, 17), esa tienda de decoración de la que os hablé ya hace bastante tiempo, al comienzo del blog. Allí encontré a Ingrid Iturralde e Iñigo Güell, dueños (junto a sus hijas) de la tienda. Por fin entraba a este garaje que hoy, seguramente, es una de las tiendas de decoración más bonitas de la Isla y, sin duda, una de las más especiales y personales. Vasos, platos, mesas de antiguas cocinas, textiles, murales pintados por la propia dueña, lámparas, espejos y objetos extraños que sólo querrás llevarte a casa para colocarlos en ese rincón del salón al que todavía le falta algo.

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Un desayuno de campeones en Lluis Perez Pastisser

Todavía no había desayunado y los aviones me abren el apetito, así que caminé (pocos metros) hasta Lluis Pérez Pastissier (Carrer Bonaire, 14). Se ha convertido en todo un fenómeno fan en el barrio, los vecinos están obsesionados con su tarta de chocolate, de zanahoria (que me dejó alucinado) o su bollería artesanal. Allí sólo trabaja Lluis Pérez, un joven mallorquín que después de estudiar cocina se especializó en la pastelería (su vocación) y el mismo es quién hornea y prepara cada una de las creaciones que expone en las vitrinas de su primer proyecto, que como le dije desayunando: ¡no será el último! Un templo del dulce en el que todo está elaborado con producto mallorquín.

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Uno de los mulares de Boa Mistura en la playa de Sa Rapita

Reconozco que este viaje no ha sido un viaje del todo gastronómico, creo que me hacía falta desconectar de todos esos restaurantes de mesa y mantel. Descorchar una botella de vino y poner sobre la mesa un buen pamboli es fácil y, en muchos de los casos, infinitamente más placentero. Mi segunda parada fue la casa de verano de mi amiga Sandra en una zona de la Isla que me ha dejado totalmente enamorado. Se trata de Sa Rapita, un pueblo para descansar. El color del agua, la temperatura y ese punto salvaje-paradisiaco me dejo totalmente enganchado, así que esta visita definitivamente necesita de una segunda parte. Y paseando por la playa acabamos en Ses Covetes y allí nos topamos con Bar Esperanza (Carrer Covetes, frente a la playa de Es Trenc). Y es que éste podría ser uno de esos ejemplos del chiringuito de playa perfecto (aunque no esté en primera línea). Su interiorismo está plagado de madera, cáctus, hoja de bananero, cojines con estampados étnicos y lámparas imposiblemente bonitas. Muy sencillo pero tremendamente fotogénico y acogedor. La carta, eso sí, es quizás muy limitada (sin explotar mucho el producto de la tierra, ni las recetas tradicionales). Nosotros hicimos parada para el aperitivo, allí tomamos unas unas copas de vino blanco muy frío y unos nachos con guacamole.

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El chiringuito de playa Bar Esperanza, en Ses Covetes (Es Trenc)

El viaje duro poco, pero fue intenso (como todos los buenos viajes). Espero volver a visitar pronto la Isla y pisar todas esas direcciones que tengo pendientes (y las que seguro, sin querer, descubriré). Creo que lo que más me apetece es hacer una ruta por los hotelazos que pueblan la ciudad y la Isla en general: el Sant Francesc y su restaurante, el Nakar y su piscina con vistas a la Catedral, el Bendinat y su terraza frente a las rocas o el encanto de Cap Rocat y su gastronomía. Volveré pronto Mallorca, volveré pronto. Y por cierto, si este viaje me ha descubierto algo es que podría alimentarme y ser feliz (eternamente) con rebanadas de pan moreno y buen Alioli sobre la mesa. Qué gran aperitivo.

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