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LA BIEN APARECIDA

“Y tan bien aparecida, menos mal que apareció”. Menos mal que apareció un restaurante en el que la carta y el interiorismo son redondos. Menos mal que apareció un local en el que el buen producto es el protagonista y donde la decoración, aunque silenciosa, acoge y hace aún más agradables las comidas y las cenas. Apareció hace poco, en una de las calles gastronómicas del momento: Jorge Juan, en pleno barrio de Salamanca (y en pleno ‘boom’ de aperturas). Apareció de la mano de Paco Quirós y avalado por restaurantes tan exitosos como Cañadio o La Maruca (y debemos reconocerlo, esto ya nos daba mucha confianza). Un discreto cartel hace suponer lo que será una gran experiencia gastronómica: “Del Cielo a Madrid”, toda una declaración de intenciones. Abrimos la puerta, entramos y esto fue lo que pasó. ¡Bienvenidos a LA BIEN APARECIDA!

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Nos gustan, en ocasiones (en casi todas), el cuidado por los pequeños detalles. En el vestíbulo (a doble altura) de LA BIEN APARECIDA nos encontramos con una pequeña mesa a modo de recepción, donde toman nota de las reservas, dan la bienvenida (con una sonrisa), guardan tu abrigo (o bolsas, si es que vienes de compras) y, posteriormente, te acompañan a la mesa. Pequeños detalles que, sin duda, marcan la diferencia (desde el minuto cero). Y tu entrada en este restaurante, podríamos decir, será ya por la puerta grande. Lo primero que debiera cautivarnos es la utilización de la madera, tan característica en Sandra Tarruellas (del estudio Tarruella Trenchs) quien ha bordado este interiorismo. También la feliz (porque nos hace felices) y bonita idea de colocar cucharas, cuchillos y tenederos dorados a modo de obra barroca o contemporánea (según con los ojos que se mire).

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Nos recibió Paco Quirós, quien nos mostró hasta la cocina (ese lugar que poca gente conoce de los restaurantes y donde todo comienza). “Creo que esta obra de interiorismo es un paso más en la trayectoria de Sandra”, nos comentaba. Y estamos totalmente de acuerdo, acostumbrados a sus trabajos para el Grupo Tragaluz, sin duda, en LA BIEN APARECIDA intuimos un paso más allá, un ejercicio incluso de introspección bien entendida (y bien aparecida). Como si de un monasterio se tratase, casi una iglesia, con las bóvedas (en este caso de madera) vistas. Un juego de luces y sombras, de lámparas mágicas (con forma de aureolas) y mesas silenciosas. Las vajillas blancas, las mantelerías de lino y un juego de copas/vasos sencillos, convierten a la carta (y la comida) en la total protagonista.

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Nuestra visita a LA BIEN APARECIDA comenzó en la barra, en la zona alta del restaurante, una barra donde tomar un vino (acompañado del aperitivo) pero también donde sentarse para comer o cenar. También la parte alta del restaurante acoge una de las salas principales, quizás con un toque más distinguido que la primera (con mesas más amplias y toscas). Nos sentamos y los platos comenzaron a llegar. Su carta, como os contábamos al principio, se centra en el producto (y en la calidad de la materia prima): sus originales croquetas de lacón, las rabas de Santander, sus anchoas de Santoña, su ensalada de bacalao o las alcachofas con rabo de toro, a modo de entrantes. En los principales, carnes y pescados, destacamos su lubina al horno (con una base de patatas), un plato de receta sencilla pero con sabor (y textura) espectaculares. Y, también, su costilla de Wagyu cocinada durante 36 horas.

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También, LA BIEN APARECIDA, se ha convertido (en su poco tiempo de vida) en el lugar perfecto para tomar (en familia) uno de esos clásicos arroces de domingo. ¿Nuestros favoritos? Su arroz con bogavante o el de pollo (de Cantabria). Y de igual forma, este local también será el idóneo para disfrutar de los platos de cuchara, como su (contundente y exquisito) cocido montañés. ¿Y los postres? Es costumbre ya, para nosotros, dejar hueco para los postres y, aquí, se hizo imprescindible: no podrás irte sin probar su tarta Tatin (de manzana caramelizada), perfecta acompañante del café/té. Sin duda, LA BIEN APARECIDA, pasa a nuestra lista de imprescindibles. Uno de esos restaurantes con equilibrio, en lo que a gastronomía e interiorismo se refiere. “Cocina elevada a los altares”, dicen. Un lugar en el que la luz baja parece detener el tiempo, y del que salir costará más de lo que piensas.

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Calle Jorge Juan, 8 (Madrid)

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